Ganadores Concurso Veraniego

Ana Lorca. Ganadora. Primer premio : 500Euros

El último día de vacaciones, al anochecer, los cuatro volvimos lentamente hacia casa. Si normalmente apurábamos el tiempo, ese día más. El colegio era nuestro futuro inmediato, y no había prisa en alcanzarlo. Tardaríamos un año en volvernos a encontrar en Bronchales. De repente, Ramón dejó de andar y quedó petrificado mirando al cielo. De su mandíbula abierta salió un “Aaah” que nos hizo mirar a todos en la misma dirección.

Ahí arriba había algo, flotando. Desde nuestra perspectiva parecía muy lejano. Achinábamos los ojos para enfocarlo, mirando sin comprender. El silenció se rompió con un “¡Eeehh!”, que no se si fué de sorpresa o miedo, al darnos cuenta de que aquello, fuera lo que fuera, se estaba moviendo. Directo hacia nosotros.

Los cuatro nos cogimos de las manos, algo que nunca habíamos hecho antes ni hicimos después. Yo apretaba fuerte la mano de Ana. En menos de lo que dura un parpadeo, el OVNI ya estaba encima de nosotros, y pudimos ver claramente las luces de los laterales y de su parte inferior. El platillo giraba y zumbaba al girar. El zumbido no paraba de aumentar al aproximarse: IIIiiihhh. Nadie habló o, si lo hizo, no pude oírlo. El zumbido lo invadía todo.

El sonido se volvió tan fuerte que dejamos de oírlo. Kike nos dijo que trató de huir, pero que las piernas no le respondieron. El resto nos mantuvimos inmóviles los cinco minutos que el platillo estuvo sobre nuestras cabezas. Luego se alejó, como si perdiera el interés después de vernos de cerca. Lo fotografié con la cámara que llevaba para la tradicional Foto de Final del Verano. Un instante después de lanzar el flash, la nave desapareció con un fogonazo que nos arrancó a todos un “¡Oh!” de sorpresa. Pensamos que no quería ser fotografiada.

La vuelta a casa se retrasó un buen rato más para debatir sobre la experiencia. Llegué a casa tres horas tarde. Mi madre me recibió con una mirada preconstitucional que descifré al instante y me señaló la puerta de mi cuarto. No tuve el valor de explicarme hasta varios días después, cuando revelé las fotos. Al ver tan clara evidencia, mis padres se miraron desconcertados mientras murmuraban “¿Uuhhhh?”. Para que no haya dudas de la veracidad de esta historia, aporto la foto que tomé aquel último día de vacaciones.

Luismi Esteban. Mención de Honor. Premio : 100Euros

El lugar del que quiero hablar no es una playa, ni una aldea, ni una gran urbe, ni tampoco un paraje natural. Quiero hacer un sentido homenaje a un pequeño habitáculo móvil: lo que todos conocemos por coche.
Fueron muchas horas las que pasé dentro de aquel viejo Seat 127 blanco. La familia entraba a duras penas, cual Gullivers en Liliput; no había refrigeración y el calor encogía la vergüenza, pues era habitual ir sin camiseta; cargábamos el equipaje como si fuéramos sherpas en busca del Yeti y los trayectos eran interminables, con caravanas que nada envidiarían a las de los famosos Reyes Magos.
La “vaca” era imprescindible para transportar todo lo necesario, ya que el maletero era tan minúsculo, que quedaría hoy ocupado en su totalidad por el neceser de mi pareja. Eso sí, tampoco teníamos tantas pertenencias y a los críos de mi edad nos cabían todos los “tesoros” en una caja de zapatos o en un bote grande de detergente Colón. A saber: unos tebeos, algún puzzle, cromos, chapas y la peonza.
Mi padre sintonizaba en la radio artistas habituales de finales de los 70 como Perales, Abba, Tequila, Eagles, Triana, Cristopher Cross o Rod Steward, los cuales, casi sin quererlo, han pasado a formar parte de la banda sonora y arqueología de los primeros años de mi vida.
Aquel sufrido cuatro ruedas solo tenía tres puertas: la del maletero y dos delanteras. Una prima mía llamada Elena me dijo una vez que le gustaba mucho el coche porque le parecía muy seguro: “puedes quedarte dormido apoyado en la puerta, pues siempre sabrás que nunca se abrirá por error y te hará caer al asfalto”. Mientras mis padres ocupaban los asientos iniciales y se arriesgaban a permanecer cerca de las salidas, yo nunca dudé de la lealtad que nos brindó aquel viejo amigo, pues rara vez nos falló y su compañía es, aun hoy, inolvidable.
¿Cómo no considerar parte de la familia a un vehículo que siempre será recuerdo fiel de las vacaciones de mi infancia?.

Cisco Fran. Mención de Honor. Premio : 100Euros

Cullera 1973. El calor se ve atenuado por la brisa marina abriéndose paso a duras penas entre el gentío, que apelotonado en la arena deja en suspenso su vida. Mi madre me deja adelantarme hasta el quiosco. Compro cinco sobres de cromos. Los abro ante la atenta mirada de mis amigos, todos afilando la mirada como pumas hambrientos. Todos deseando cualquier cromo que a ellos les falte. Me sale un fichaje, uno de los que nadie tiene. Keita, el exótico delantero del Valencia en la temporada 1973-74. Hay un revuelo. Todos me ofrecen el oro y el moro. Protejo el tesoro con mi cuerpo y, al girarme para evitar sus zarpas, veo a mi madre que me llama imperativamente. Salgo victorioso con mi trocito de cartoncillo intacto. Sonrío y le doy un beso a mi madre. Su cara de sorpresa y de estupefacción certifican mi felicidad. Recuerdo el día perfectamente: el agua era una balsa azul que, desde entonces, mece mi niñez.

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